Percepciones e ideas

May 15, 2008

Cuando el arquitecto que estuvo en Barcelona despierte del sueño, a ratos pesadilla, que ha sido el congreso de la Unión Internacional de Arquitectos (UIA), tal vez alguien le pregunte cuáles fueron las ideas, de qué se habló en los debates, quién ganó y quién perdió. Pero quizá en esta ocasión el propio desarrollo del encuentro sea más revelador sobre el futuro de la arquitectura que el contenido previsto en los programas.

E1 congreso de Barcelona ha sido un momento para las percepciones, más que para las ideas. Los organizadores habían - previsto unos campos de debate, en los que cabían actitudes diversas, unas exposiciones en las que se mostraban todas las aproximaciones
posibles a las corrientes arquitectónica5 al uso, pero no habían previsto que la arquitectura ya no se reduce a un entorno académico y que no puede ser entendida como una reunión de expertos. Ni siquiera el número de inscripciones -más de 10.000-, les hizo dudar sobre el futuro desarrollo de los acontecimientos. Basándose en la experiencia de congresos anteriores –como el de Chicago, en el que había 13.000 asistentes y apenas unos centenares asistían a las conferencias-, a los organizadores se les veía confiados, convencidos de que a última hora los estudiantes -alrededor de 4.000- se irían a las playas. Su error fue no haber percibido, no ya durante los días previos, sino durante los años previos, que la arquitectura ha trascendido el mundo de las ideas y a través de las imágenes ha llegado a convertirse en un fenómeno capaz de ser percibido con un mínimo esfuerzo. No haber captado que el conocimiento que tienen los estudiantes de la arquitectura no viene de la experiencia real del edificio, sino de su representación en las revistas de arquitectura: lo que aparece en las portadas de algunas, al igual que en las de cine, es la fotografía del arquitecto.

Antes del congreso, Territorios afirmaba que Barcelona debería ser la que captase el entusiasmo de los asistentes. Incluso, en medio del fiasco del primer día, uno de los participantes animaba a los congresistas a que dejaran los debates y se dedicasen a ver la ciudad. Fue inútil, los estudiantes prefirieron tocar a las estrellas, percibir su aura y los más persistentes, conseguir el autógrafo.

Congregación de masas
Por tanto, el congreso se convirtió en sujeto de una mutación -retomando uno de los términos que se proponían en los debates- y dejó de ser una reunión de expertos que se celebra en salas de reducidas dimensiones, con posibilidad real de intercambiar ideas, para transformarse aceleradamente en una congregación de masas, que Jacques Herzog, uno de los participantes, comparó con el Sermón de la Montaña. A partir de ese momento, los ponentes lanzaban sus ideas en mitad del Palau Sant Jordi ante 6.000 personas que engullían, una tras otra, en sesiones de seis horas. Rafael Moneo se enfrentó a la situación armado con unas pocas cuartillas, en las que cuestionaba el viejo debate entre la función y la forma a propósito del tema de los edificios contenedores. Su intervención fue una de las pocas que mantuvo el tono ideológico al uso en la historia de la arquitectura... En la misma línea estuvo Peter Eisenman, quien a pesar de presentarse vestido con una camiseta del Barça, se atrevió a leer una especie de declaración de principios sobre el futuro de una arquitectura que ya no se rige por cánones, que trasciende la crítica y se enfrenta al universo mediático en el que se cuestiona su propia significación.

Un paso adelante en las intuiciones sobre el futuro lo dieron Toyo Ito y Jean Nouvel. El arquitecto japonés expuso su visión de cómo se pueden integrar la arquitectura contemporánea y el espacio urbano, eligiendo las líneas topográficas que trazan los flujos de información como guías del espacio. Su discurso, apoyado en su proyecto para la mediateca de la ciudad japonesa de Sendai, afronta un futuro sin referencias, imposible tal vez para un arquitecto occidental. Por su parte, Jean Nouvel se distanció igualmente para referirse al mundo de las percepciones, a la importancia de lo invisible, a la reducción de la materia en medio de un espacio que lo engloba todo.

En otro extremo, aislados en su incómoda posición de representantes del hightech, se situaron Norman Foster y Richard Rogers, que intentaron defenderse con un mensaje paradójicamente ecologista, imbuido de referencias sociales. Foster tuvo suerte de salir airoso en la sesión frente al Museo, con sólo pronunciar unas cuantas frases sobre la pobreza de México y su amor por la arquitectura.

Sin embargo, Rogers se vio sorprendido por el maestro Ralph Erskine, de 82 años, que camuflado entre los periodistas le desmontó un discurso que pretendía defender el bajo coste de sus últimos edificios.

Erskine, antiguo premio Pritzker, representaba, sentado en la sala de prensa, con sus calcetines multicolores y su bolsa de plástico, desconocido para casi todos y con Rogers evitando descubrirlo, el vestigio de un tiempo en el que los arquitectos ejercían su profesión ajenos al reconocimiento público y conscientes de su responsabilidad social. Sin embargo, en el momento en que alguien se atrevió a decirles a los presentes quién era aquel anciano que hacía preguntas tan incómodas, la prensa y la organización del congreso lo elevaron en cuestión de segundos a la categoría de estrella, lo subieron al escenario y lo invitaron a dirigirse a la masa. El mensaje de Erskine pidiéndoles a los jóvenes que participen en el destino de la humanidad, consiguió trasladar el congreso, que había comenzado en el ámbito de la ideas, y se había transmutado en espacio de percepciones, al terreno de las emociones.

Publicado en El Correo - 11/07/1996



 




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