Sverre Fehn, luz y sombras

May 16, 2008

Sin intención de dibujar el perfil de un artista maltratado, conviene saber que la historia de Sverre Fehn se compone, como su obra, como su país, de luces muy tamizadas y de sombras prolongadas, las que otorga la luz horizontal. Sus casi cincuenta años de profesión se han desenvuelto en un paisaje temporal, donde los momentos de luz han sido, al igual que en los cielos noruegos, difusos, sin llegar a la plenitud de otros meridianos y de otras trayectorias.

Su vida como arquitecto empezó -según recuerdan las biografías que se publican estos días-, con dos años de estancia en París, al poco de terminar la carrera, de la mano de Arne Korsmo, el maestro que lo introdujo en el círculo de Jean Prouvé y de Le Corbusier cuando Fehn contaba sólo 28 años. De vuelta a Noruega, impregnado de una modernidad, que luego se demostró excesiva para el país, recibió el encargo de un asilo de ancianos, en el que vertió todas sus inspiraciones racionalistas, sobre todo las de Mies. El resultado fue un edificio excelente, acompañado de un rechazo crítico que lo apartó de los encargos durante siete años.

En 1962, su proyecto para el Pabellón Escandinavo en la Bienal de Venecia, consiguió rescatarlo de las sombras y exponerlo al reconocimiento internacional. La crítica fue entonces muy favorable con el joven noruego que supo tamizar la luz veneciana y hacerla penetrar a través de una cubierta de ligeras vigas de hormigón, casi ingrávidas. Quedaba mucho de racionalismo en ese proyecto, pero había también otros rasgos, más vernáculos, -traspasados de materialidad- que lo transportaban a otro paisaje, que lo llenaban de contenido tectónico a partir del puro sentimiento poético.

Después del destello de Venecia, Fehn volvió a las brumas noruegas y se enfrentó a sus primeros encargos. Con el recuerdo de maestros como Wright inició una serie de proyectos unifamiliares, entre los que destacan las casas Schreiner y Bodker. En ellas apuntan las constantes que presidirán sus viviendas posteriores y culminarán con la casa Busk (Noruega) en 1990. Un recorrido vital ordena el programa y lo sitúa en el terreno. Una jerarquía temporal, marcada por la luz, vertebra el espacio. En la casa Busk, el sol de mañana entra a las habitaciones y llega a la piscina cubierta; a lo largo el día, la luz se va desplazando por las zonas comunes y al caer la tarde, desde el salón, alrededor del fuego, se contemplan los últimos reflejos sobre el pequeño puerto cercano.

Sverre Fehn incluye en su biografía 96 proyectos, de los que sólo 39 han llegado a construirse. Si bien las cifras no evidencian, según Fehn, mas que la ausencia del espíritu, en este caso explican las dificultades por las que ha pasado, sobre todo hasta llegar a la década de los ochenta, cuando empieza a ser reconocido fuera de su país, invitado a universidades y merecedor de premios.

Su intervención en las ruinas de la Catedral de Hedmark (1967-1979), marcó un punto de inflexión en su carrera. Pudo demostrar su capacidad para entablar conversación con el pasado sin desvirtuarlo, sin ignorar el presente, sin hacer dejación de los nuevos materiales, sin recurrir al mimetismo, acentuando sus categorías tectónicas y su valentía expresiva.

La luz volvió a iluminar su figura. Su obra comenzaba a aparecer en las revistas, era objeto de exposiciones y algunos críticos decidieron incluirlo entre los maestros. El Museo de los Glaciares, en Fjaerland, Noruega,(1989-1991), con su presencia inquietante en medio del paisaje helado, disipó las últimas brumas que envolvían la obra de Sverre Fehn.

Maestros nórdicos
Sverre Fehn pertenece a la segunda generación de maestros nórdicos que a lo largo del siglo XX han hecho, de los países escandinavos, punto de referencia de la modernidad en Europa.
El camino iniciado antes de la guerra por Gunnar Asplund en Suecia, Alvar Aalto en Finlandia y Arne Jacobsen en Dinamarca era, a pesar de sus divergencias, de una brillantez difícil de igualar por otras regiones. Aún hoy es difícil sustraerse, sobre todo en el caso de Aalto y Jacobsen, a la inteligente osadía que rezuman sus obras. Entraron en la modernidad con la soltura de los auténticos clásicos, la trascendieron y todavía conservan la frescura de las figuras emergentes.
Fehn es uno de los hijos más jóvenes de la segunda generación, la que surgió de la posguerra y de la que también forman parte el danés Jørn Utzon, el inglés residente en Suecia Ralph Erskine y el finlandés Reima Pietilä. A pesar de haber mantenido una tensa distancia con sus mayores y entre ellos mismos, el tiempo y los críticos los agrupan en torno a un territorio común y a unas categorías que apenas dejan lugar para la singularidad. No obstante, destaca entre todos ellos Jørn Utzon, autor del Teatro de la Opera de Sidney, con quien Sverre Fehn colaboró en sus comienzos. Lo que muchos entendieron como un simple organicismo, llevado a sus últimas consecuencias, le relegó durante los años 80 a un segundo plano del que vuelve a surgir con la fuerza de la memoria.



 




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